¿Qué me importa a mí lo que sufren y lo que suponen que sufren?

Vuelvo a los poemas de Alberto Caeiro con mi mala memoria cada vez. Será que cuando lo siento lejos, necesito consultarlo, o será que siempre estoy lejos pero a veces me distraigo?

Todo el mal del mundo viene de ocuparnos los unos de los otros

Anticipo el contra-argumento reaccionario, apoyándose quizás en esta anécdota viral del hallazgo de un prehistórico fémur humano que se había curado de una fractura. Dicha reflexión sobre el indicio más antiguo de civilización ha sido atribuido a la antropóloga Margaret Mead. Supuestamente, su reflexión a partir del hueso sanado denotaba que el cuidado de los otros en la adversidad —una fractura es una sentencia de muerte en el mundo animal— era el inicio de nuestra civilización.

Encontré este artículo, escrito por el antropólogo Gideon Lasco (SAPIENS), que desafía la veracidad de dicha respuesta:

To start, there is no reliable evidence that Mead said what has been attributed to her. Internet sleuths have traced the earliest reference to this anecdote to the 1980 book Fearfully and Wonderfully Made, in which the surgeon Paul Brand writes that he was “reminded of a lecture given by the anthropologist Margaret Mead, who spent much of her life studying primitive cultures.”

Y, mirando hacia mí, me vio lágrimas en los ojos

Entiendo la incomodidad más allá de la veracidad de dicha anécdota que ha conmovido a tantos —me incluyo. Pero no es esa generalización la que reprocha el poema, al menos no en mis relecturas…

Uno de los rasgos de Alberto Caeiro es la simpleza de su alma. O, dicho de otra manera, el completo desinterés por los condicionamientos morales que espera la sociedad de nosotros, sus miembros.

No es arrogancia la que motiva esa cordial disociación:

Y sonrió con agrado, pensando que sentía el odio que él sentía, y la compasión que él decía sentir.

Sino claridad llana:

¿Qué tiene que ver con el poniente todo aquél que odia y ama?

Entre el ‘estar’ y el ‘decir estar’ hay un abismo que ofusca nuestra única misión: “existir claramente”, nos recuerda Caeiro.