Cómo no empacar sombreros

Uno pensaría que empacar sombreros no es complicado: mete el sombrero de palma en la maleta.

Viajo menos de lo que me gustaría y tal vez, pienso, me convendría más relajar la frente en vez de estar frunciendo el ceño en la playa.

En el cerro no hay necesidad de hacer maleta y mi sombrero vuelve a brillar por su ausencia. Lo sé, son mis manos, su impaciencia para cargar cosas durante mucho tiempo —para eso están las mochilas—. El auto, la noche anterior, son los espacios cerrados que me impiden llevar el sombrero puesto y no como un pendiente batiendo el aire sin pies ni cabeza, ni playa, ni cerro, ni silencio.

Uno pensaría que con la experiencia se aprende: los sombreros en el clóset acumulan polvo y no sombra, pero aquí estamos de nuevo apilando sombreros.

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