Contra los prejuicios de madrugar

Ayer me desperté una hora más temprano de lo habitual y, para mi sorpresa, me sentí bien. No fue por gusto, me ofrecí a cubrir la clase de otro de los coaches para que él se pudiera ir a su competencia fuera de la ciudad. La clase fue de 5:45 a 6:45 am, es decir, en un horario en el que siempre prefiero estar dormido. Pero me sentí bien saliendo de mi casa, dando clase de fitness a esa hora y quedé intrigado.

Desde la preparatoria, siempre he preferido el silencio que otorga la noche para hacer mis cosas y desatender un poco el mundo. Dicho de otra manera, descubrí el prejuicio social que atribuye la mayor productividad al empezar a trabajar lo más temprano posible (y no al desafío social de flexibilizar horarios de trabajo para favorecer otros ritmos circadianos también) por los estragos que siempre me ha causado, no porque lo estuviera buscando.

Cuando era niño y en México entraba el horario de verano, recuerdo la alegría que me provocaba el inicio del horario de invierno. El desajuste de los primeros días de dicha transición era lo mejor: ver el reloj y saber que podía dormir 1 hora más sigue siendo un desfase que disfruto sin parpadear. Sí, yo era de los niños que se duermen en la regadera y soy de los adultos que resienten las mañanas frenéticas, especialmente cuando inician antes de las 7am. Estas últimas suelen ser físicamente dolorosas.

Suelo poner mi alarma al menos veinte minutos antes de la hora en que realmente me tengo que despertar. Nunca la pospongo porque esa funcionalidad me desquicia.

Pero hoy fue la primera vez que me sentí apreciar el silencio que otorga la mañana. Definitivamente no es algo que me gustaría hacer diario pues nunca extraño madrugar. Sin embargo, dar clases siempre termina implicando madrugar y, para uno, ceder y privarse de más o menos horas de sueño. Algo que, como ya lo dije, he padecido desde que era estudiante. Y como maestro, puedo confirmar que no soy el único que es más productivo cuando no está obligado a madrugar. Prefiero la noche, lo tengo claro, pero también trabajo en mi versatilidad porque, siendo sinceros, no hay otra opción.

Resistir la inercia de nuestros prejuicios

Dar clases tanto en escuelas (ética, literatura, filosofía, inglés) como en gimnasios (crossfit, funcional), me ha permitido atestiguar el potencial de diversificar los horarios de entrenamiento: algunas personas prefieren madrugar más; otras deciden postergar su comida un poco para entrenar primero y seguir; otras más, prefieren cerrar su día haciendo ejercicio. Desde luego que soy consciente que no se trata sólo de preferencia o voluntades pero, por un lado, no hay determinación que persista sin sentirse retribuida por sus esfuerzos y, a lo que voy, es que dicha flexibilidad de horarios permite a todos disfrutar los beneficios de su disciplina particular con más libertad —o compromiso, que es lo que nos permite ejercerla.

Entonces me quedo pensando: ¿podrían las escuelas hacer algo para, al menos, plantear en público algunos de sus prejuicios heredados sobre productividad o disciplina? Si me apego a mi experiencia profesional como maestro a nivel preparatoria, lo dudo mucho.


P.S. Escucha al Dr. Matt Walker en el podcast de Andrew Huberman hablando sobre la biología del sueño y nuestras necesidades particulares de sueño: Sleep Timing, Chronotypes

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