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La mala planeación y sus buenas intenciones

  • Cracs

‘Lo que sea pero haz algo’ es un imperativo que conocemos bien los oscilantes entre la dispersión y la distracción. Con la experiencia, siento, vamos aprendiendo a contextualizar esa ansiedad de contraste con la que nuestro interlocutor, ante la frustración de su prisa flaqueando, espera que sumemos la nuestra a sus interminables emergencias. En el peor de los casos, confía, fracasaremos juntos y se repartirá la carga —la culpa.  

Esta semana, en uno de mis equipos de trabajo, volví a sentir que fracasaremos juntos pero que dicha carga no se repartirá sino que seguirá multiplicándose en frustraciones incapaces de contravenir políticas públicas irresponsables, abusos de poder —público, privado— y, en suma, la implacable desigualdad que nos sumerge dentro y más allá del sector cultural. Pretendo escribir con más precisión al respecto pero este comentario resulta de varios intentos fallidos por tratar de compartir el desconcierto de un modo más práctico —menos autocompasivo. 

Mi noción presente está permeada también por las reflexiones que no he podido articular tras leer: Activismo y cultura en la 4T, artículo de Viri Ríos en El País (29/sep/2021), respecto a la propaganda efectiva para amortizar —capitalizar incluso— políticamente los recortes presupuestales a la cultura en México. Mi desconcierto, con un optimismo que a veces se siente idiota, pretende ahora ser intolerante con la esperanza en materia de política pública. Asumir las limitaciones de nuestros alcances individuales y colectivos de un modo ético, resiliente y creativo —insistir en el rigor al expresar los nuevos matices de viejas asociaciones.  

La mala planeación es una práctica recurrente y, con la justa proporción entre estructuras de poder que nos contienen —y estrujan, también es una manera de auto-sabotear nuestros proyectos; de excusarnos a nosotros mismos por las cosas que pudieron salir mejor pero no lo hicieron porque quizás no lo deseamos con suficiente convicción —y los otros no cumplieron con su parte. 

Como ejemplo, pondré el dilema que volví a descubrir del proyecto en cuestión: nuestra iniciativa requiere la participación de más personas, por lo tanto, una convocatoria efectiva —y eficiente, dado que somos un equipo pequeño— es crucial. ¿Esto justifica la coerción proselitista de comprometer a que miembros de la organización “inviten” a otros para lograr una “participación exitosa”? Mi postura no titubea: no. Sin embargo, el riesgo de una “poca participación” es alto y debilitaría el proyecto. Además, en estos momentos ya no hay tiempo de probar alternativas menos autoritarias que, históricamente, suelen garantizar simulación antes que la persuasión de sus simpatizantes. ¿Cuál es mi diagnóstico ante esto? En pocas palabras, que una mala planeación de nuestra parte no justifica dicha coacción y que la ansiedad de presumir resultados a corto plazo no rendirá frutos para el mediano o largo plazo. Pero, en este grupo de trabajo, ganó la esperanza: fake it till you make it. 

Entonces me descubro en un nuevo dilema donde los extremos podrán parecer claros (coacción ≠ persuasión), pero la trascendencia está en nuestras pequeñas y particulares decisiones para desafiar la esperanza… y nosotros no tendremos la última palabra.

Apuntes sobre la esperanza

Sigo masticando este ensayo de Samantha Rose Hill publicado en la Aeon Magazine: When hope is a hindrance [Cuando la esperanza es un estorbo].