Un vagabundo me lo dijo

Terminó la clase y al despedirme, una persona que tomó su clase muestra conmigo agradece y me pregunta si había sido yo el mismo que le dio otra clase en otro lugar otro día. Le dije que no podía haber sido yo aquél, porque yo nunca he estado en ese lugar. Ambos reímos y cada quien siguió con lo suyo. En mi caso, eso implica abrevar en lo que haya despertado mi curiosidad, como esta pregunta.

No tengo manera de saber su camino hacia dicha asociación —equipararme con el otro coach. Lo que sí sé, es que su pregunta era también una especie de reconocimiento-agradecimiento por su experiencia de clase, algo que me honra profundamente siempre y cada vez. Así llego a mi primera ratificación práctica: damos visibilidad a lo que nos mueve porque compartimos lo que queremos.

Entonces me sigo pensando en el misterio de estas asociaciones. Más específicamente, vuelvo a los rumbos de nuestra memoria, esa determinación que a veces nos carga y otras, nos hace jadear tratando de seguirle el paso: ¿por qué recuerdo lo que recuerdo?

(Aquí hago una pausa importante: como alguien que apuesta por los medios y mediaciones digitales, desprecio la equiparación de nuestra memoria humana con la capacidad digital de almacenamiento. Los recuerdos no son archivos ocupando un espacio sino portales y ausencias —lo opuesto a un archivo, en sentido técnico. Nuestra memoria no es un contenedor flexible y esparcido entre geografías electrificadas, sino un laberinto desobediente del tiempo y el espacio enmarañando ausencias y ficciones, quizás para que no perdamos de vista que, si realmente nos interesa aprender algo de nuestros recuerdos, podríamos empezar asumiendo que entendemos poco o nada del tiempo y el espacio).

Elijo lo que comparto, no lo que recuerdo de aquello que comparto y esa edición me parece trágica y fascinante, entre tantos misterios, porque nos ubica justo entre la tragedia de lo perdido y la fascinación recordando. Así, nuestro siguiente paso sólo puede dirigirse hacia la ficción de nuestro recuento del mundo, la maraña que somos.

Para fines de este encuentro, da igual si me parezco o no al otro coach, es la síntesis de esta persona que nos fusionó fortuitamente en su memoria lo que me devuelve a mi segunda ratificación práctica: somos vagabundos de nuestra memoria, no dueños. Por lo tanto, no se me ocurre una mejor manera de honrarla que deambulando sin escondernos.